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Monde arabe

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Pierre PICCININ da PRATA (Historien - Politologue)

Siria – Viaje al Infierno : en el corazón de las prisiones de los servicios de inteligencia sirios (Le Monde, 7.6.2012; L'Espresso, 8.6.2012; Le Soir, 11.6.2012; Neue Luzerner Zeitung, 23.6.2012)

 

 

Homs par Lute Baele

                                                                                               © LB-Pierre PICCININ

 

 

 

  

   

Liban-Syrie-Mai-2012 1195 - Copie[photo : Tal-Biseh]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es una gran responsabilidad la de escribir. Es importante saber reconocer errores, reparar omisiones, sobre todo cuando de ello depende la vida de seres humanos…

El 15 de mayo de 2012, entré en Siria para una tercera estancia de observación, cuyo objetivo era esta vez realizar una cartografía y valorar de modo preciso las zonas dominadas por la oposición, estimando sobre el terreno el potencia real del Ejército Libre Sirio (ELS) y su capacidad de derrocar el régimen establecido.

Para ello, me interesé, en primer lugar, en las ciudades fronterizas, donde se concentran los ataques del ESL contra el ejército regular, o sea las ciudades de Deraa, Zabadani, Qussair, Tal-Kalakh, Homs, Tal-Biseh, Rastan e Idleb, dominadas, total o parcialmente por el ELS que recibe logística y apoyo de sus bases en Turquía y en Jordania y de los partidarios del clan Hariri en el Norte del Líbano.

En mis visitas anteriores, en julio de 2011 y en diciembre-enero después, obtuve el acuerdo de las autoridades y recibí un visado de la Embajada de Siria en Bruselas. Esta vez no fue así y, siguiendo otro procedimiento, atravesé la frontera libanesa, en Masnaa, llegando a Jdaidit, donde, por extraño que parezca, con un poco de suerte, se puede obtener un visado sin formalidad alguna.  Así  pues  entré en  Siria de  forma  totalmente legal, a partir del Líbano (donde aprovechando mi paso, pude asistir a los enfrentamientos entre los alauitas de Trípoli y los sunitas hariristas que sitian su barrio, acontecimiento revelador de la extensión del conflicto sirio al vecino territorio libanés).

Después de alquilar un coche en Damasco, comencé a circular por el país. Pude ir a Homs y fotografiar los barrios rebeldes bombardeados por el ejército sirio, en ruinas; en  Tal-Biseh, dominado por la oposición, donde tuve la oportunidad de entrevistar a los milicianos del ELS pero también igualmente con el personal al mando del lugar, bien organizado, equipado, y en relación logística con las otras posiciones dominadas por la rebelión; luego en Rastan, donde el ejército se enfrenta a la ciudad, también completamente en manos del ELS :  asistí a los combates, pero no puede entrar en ella. Llegué también a  Hama.

El 17 de mayo, me presenté en el puesto control del ejército regular en Tal-Kalakh, en la región de  Homs. Llevaba ya cerca de dos horas esperando la autorización para entrar en la ciudad, cuando unos hombres armados se presentaron: podía entrar con la condición de que ellos me acompañaran y debía subir a uno de sus vehículos, a lo cual acepté.

La trampa se cerró y comenzó mi viaje a los Infiernos, ese día, a las 17h00…

Nada más subir al vehículo, fui esposado con las manos detrás de la espalda y conducido a uno de sus locales, donde me dejaron abandonado varias horas en un calabozo de  cemento recalentado, a pleno sol. Me quitaron el teléfono móvil: no tenía medio de comunicar con el exterior y era imposible localizarme. 

De allí, en el transcurso de la noche, fui trasladado al centro de servicios de inteligencia de Homs, donde tuve que entregar mis efectos personales en un primer edificio, mientras que, ya, escuchaba, intranquilo, gritos ensordecedores; e imaginaba lo que debía de pasar allí.

Al poco, dos agentes me condujeron a otro edificio. Ya no se oían gritos. Limpiaban el suelo con agua, de lo que claramente era sangre. Todo estaba sucio, sórdido, usado, desgastado; las puertas, las paredes, los azulejos, todo estaba mugriento. 

Inicialmente, me dejaron pudrirme, en un cuarto pequeño, siempre esposado, sentado  en una silla delante de una mesa de despacho cubierta de restos de sangre, vómitos, trozos de uña y agujas de metal.  Al cabo de una hora, quizá, de esta puesta en situación, un oficial que hablaba inglés vino, seguido de un subordinado al que fingió regañar y que limpió de inmediato la mesa de todo lo que habían ella al mismo tiempo que su superior me sonreía.

Este último procedió entonces a un control de identidad de rutina, me cogió del brazo y me llevó a otro despacho, donde me quitaron las esposas y donde un interrogatorio muy amable tuvo lugar. No teniendo nada que ocultar, contesté a todas las preguntas y creía haber dejado satisfecho al oficial, hasta que me enseñó en un ordenador portátil, en el despacho de al lado, el del comandante del lugar, las fotografías que había sacado de mi pendrive (llave-usb), fotografías tomadas en Tal-Biseh, en las cuales yo aparecía en compañía de combatientes del ELS, de « terroristas ».

De todos modos, me aseguró que entendía bien, que dentro de mi investigación, era algo normal y que, aunque hubiera cometido un delito al haber estado con esos « terroristas », me ayudaría en este asunto y que, en unas horas, sería liberado.  « You are our guest and this place is now your second home », me espetó; no sabía como interpretar su sonrisa…

Me propusieron entonces descansar, no en una celda, sino en el dormitorio de los agentes de la seguridad, donde me dieron una litera.

Rápidamente, sin embargo, dos agentes que no había visto aún, vinieron a buscarme y me llevaron a una sala donde esperaba un oficial. Este último me indicó que me quitara la camisa y los zapatos. Preocupado por el giro brusco de los acontecimientos, obedecí. Sus dos acólitos me ataron las manos a una barra del techo. Las cosas se iban aclarando… Un cuarto hombre trajo dos cubos de agua y toallas, mientras me esposaban los tobillos, y salió cerrando la puerta detrás de él. Uno de los subordinados me quitó los calcetines, y me los hundió en la garganta. Después me golpearon, en la espalda, en los riñones, en el abdomen y en el torso: se puede creer que eso no es gran cosa, pero solo después de algunos golpes, el dolor se hace tan intenso que creí ahogarme y perder el conocimiento en varias ocasiones.

Mientras sus hombres me golpeaban, el oficial me hacía preguntas, en un inglés muy malo, ordenándome al mismo tiempo, que me callara. Pero amordazado, ¿cómo le iba a contestar? Además, ni siquiera podía oírle.

Después de no sé cuánto tiempo de este trato, me quitaron la mordaza; me desataron, me esposaron y me sentaron en una silla, junto a una mesa sobre la cual el oficial volcó una caja de agujas de metal. Me dejo el tiempo de recuperar el aliento, mientras jugaba con una de las agujas entre sus dedos.

Los dos subordinados me cogieron cada uno un antebrazo y la muñeca, y los sujetaron firmemente apoyándolos en la mesa. El oficial me cogió el índice de la mano derecha entre sus dedos e introdujo una aguja bajo la uña, sin hundirla, paseándola lentamente bajo la uña. Me habló de mis relaciones con los « terroristas » y me preguntó por qué viajaba solo en Siria, haciendo fotos: si trabajaba para algún servicio secreto extranjero, para los franceses; por qué iba de un sitio a otro, de los ocupados por los « terroristas »…

Repetí todo lo que ya había dicho, lo que pareció contentarle. Pero ordenó que me colgaran de nuevo de la barra y que me amordazaran, mientras que llamaba a alguien en el pasillo. Un cuarto hombre entró en la habitación con una caja dotada de un botón grande y de cuadrantes con agujas. Fue  él quien colocó dos pinzas dentadas de metal en el pecho, unidas a la caja. Luego, hizo girar despacio el botón de la caja : al principio solo noté un ligero cosquilleo, pero en pocos segundos, el dolor fue agudo ; cuanto más giraba el botón, la sensación de quemadura, una quemadura lacerante, se producía. El oficial se acercó a mí y escupió en mi pecho; con los dedos, mojó de saliva la piel en contacto con las pinzas; eso provocó una aceleración repentina del flujo eléctrico y un dolor violento. El agente jugó con el botón, disminuyendo y aumentando la intensidad del flujo. Me liberaron de este aparato y me esposaron a la espalda y me acostaron en el despacho, aun amordazado, sin que me hicieran ninguna otra pregunta.

Los agentes me sujetaban fuertemente, uno por los hombros, los otros dos por los tobillos aún esposados. El oficial me dijo que me tranquilizara, todo estaba en orden; solo quedaba una formalidad: cogió una vara de plástico blanco, que colgaba de la válvula del radiador, me colocaron con las piernas sobre la mesa, cabeza en el aire, y me asestó  veintitrés golpes en las plantas de los pies. Los conté. El oficial me miró, con una sonrisa casi amistosa: « you don’t need handcuffs, now »… Sus subordinados me llevaron a mi litera, y aún así, me ataron a ella.

¿Cuánto tiempo duró todo eso?

Me hicieron daño. Pero salí bien parado: algunas costillas malas y algunas quemaduras leves; casi nada, en comparación a todo lo que iba a ver, y  lo que me iban a contar más tarde mis compañeros de celda de la prisión de Bab al-Musalla, en  Damasco. « Como eres occidental, me han dicho, no se han atrevido a ir más lejos; si hubieras sido árabe, habrías sufrido el mismo trato que este periodista de Al-Jazira : estaba allí, unos días antes que tú; le machacaron las manos y le rompieron las rodillas». Sí, me dolió, pero no era nada, solo una simple bofetada, comparado con lo que iba a ver durante el resto de la noche.

La cabecera de mi litera estaba frente a la puerta de la habitación, que daba al pasillo. Poco después de  haber sido llevado allí, oí todo un teje-maneje detrás de esta puerta.

Y el ruido de los golpes que empezaban, los chasquidos; y los gritos; muy fuertes, luego amortiguados por las mordazas. Los lamentos, los gemidos, cuando los verdugos dejaban respirar a sus víctimas, cuando los chasquidos de los golpes cesaba, por un momento, Y los golpes otra vez; « halas, sidi ; halas, sidi ! ». « ¡Basta señor; basta, señor! ». Y los llantos.

Ahora entendía, algo extraño, por qué los agentes en su dormitorio dormían con la radio a todo volumen.

Al principio, los agentes que se relevaban, al ir y venir al dormitorio, se cuidaban de cerrar la puerta; más tarde, dejaron de prestar atención a mi presencia: la puerta permaneció abierta en varias ocasiones: oía todo, y veía todo.

El horror más puro; sin paliativos; sin velo; desnudo; sencillo; tal que el cine con todos sus efectos especiales no podría reproducirlo; y que no consigo, en el momento en el que escribo esto, pintar con letras. Y pido perdón a los que yacían en el pasillo, en su propia sangre, en su orina, en su vómito.

Yo estaba allí; lo he visto todo; y no he hecho nada; aterrorizado, cobardemente, no he dicho nada. Y mientras me invadía una desesperación inmensa.

Un agente entró bruscamente en la habitación; se fijo en mí; tenía en una mano dos pares de esposas y, en la otra, un cable eléctrico doble, con los extremos de este pelados, y del que colgaba un enchufe. He creído que era para mí.

Y en mi ánimo estaba claro: no podía esperar salir de allí; no vivo. Si me dejaban ver todo eso, es porque la decisión estaba tomada: tarde o temprano, iban a seguir trabajando con mi cuerpo, más severamente, esta vez, para llegar hasta el final, sacar el máximo de información y pegarme un tiro. ¿Qué se lo impedía, además? Lo cargarían a la cuenta de la oposición, el ELS.

Justo antes de ser secuestrado, había hecho dos entrevistas mientras esperaba en el control de paso, a la entrada de Tal-Kalakh; una para  Jacques Aristide, de Voice of America; y otra para  Laurent Caspari, de la Radio Suisse Romande, la última, unos segundos antes de que me arrestaran. Le había dicho a Laurent Caspari que acababa de obtener la autorización para entrar en Tal-Kalakh, ciudad en parte controlada por los rebeldes.

El hombre del enchufe se marchó; no era para mí. Unos minutos después, una vez más, las luces de las bombillas que iluminaban la habitación oscilaron y unos gritos desgarraron el aire, por encima de los otros gritos. La puerta se abrió y lo vi: las quemaduras son profundas; la electricidad entra en la carne y la carboniza por donde pasa.

Llegó el alba; un poco de luz de día entraba en la habitación por un pequeño tragaluz. No muy lejos, sonaban los bombardeos de los tanques del gobierno, en el barrio de Baba Amr, he supuesto, donde me habían dicho que hay activos aún algunos reductos de la resistencia.

Estaba convencido: no tenía esperanza alguna; todo se acabaría para mí, lentamente, en el sufrimiento atroz al que había asistido durante toda la noche. En este lugar sucio y sórdido.

Volví la cara hacia la pared frente a la puerta y, con la uña del pulgar, grabé una crucecita en el yeso; católico, me confesé a Dios; le prometí que, si escapaba, diría a todo el mundo lo que había visto esa noche; y también se lo prometí a los que yacían en el pasillo; recé y me he dispuse a esperar.

Los gritos cesaron; ya solo oía algunas quejas, a través de la puerta. Los agentes volvieron a la habitación, uno tras otro; se acostaron; la radio estaba apagada.

Sobre las 9 h (he visto la hora en el autobús), vinieron a buscarme: el agente me ha desató y me hizo comprender que tenía que ponerme los zapatos y la camisa. Cuando abrió la puerta, palidecí a la vista de los cuerpos, sin vida, extendidos a lo largo del pasillo; el agente me miró, como si se extrañara de mi reacción, y me empujó por la escalera hacia la salida, a un autocar de la policía, que nos llevó, a cuatro detenidos y a mí, a otro centro de los servicios de inteligencia, en Damasco. El trayecto transcurrió al son de cantos patrióticos, a todo volumen, a la gloria del presidente  Bashar al-Assad.

Era el centro de Palestine Branch, que había sido objeto de un atentado de bomba unos días antes.

Después de desnudarme por completo y pasar dos cacheos físicos minuciosos, fui interrogado de nuevo. Esta vez no me tocaron; solo intimidaciones indirectas: mientras me hacían las preguntas, un hombre golpeaba, a mi lado, un armario de hierro con un listón de madera; y varios agentes torturaban justo a mi lado a anciano, al que le habían vendado los ojos; le empujaban para que cayera, le golpeaban en el suelo, le levantaban y empezaban de nuevo.

Esta vez no había litera, el frío suelo.

Una vez que las autoridades sirias comprendieron que yo no representaba ningún peligro para ellas, me arrojaron a un sótano la prisión civil de Bab al-Musalla, para ser expulsado del territorio.

Me trasladaron en una camioneta de ventanillas cegadas. Un chico de unos catorce o dieciséis años, esposado a la espalda y con los ojos vendados, iba frente a mí. Sus piernas, al descubierto, habían sido quemadas por la electricidad, cubiertas de cráteres negros del tamaño de un botón de pantalón.

Bajé del vehículo antes que él. No sé donde lo habrán llevado, ni que habrá sido de él. Y no conozco su nombre.

Me encerraron en una celda de prisioneros políticos, cuya solidaridad fue excepcional: me curaron, me dieron de comer, me ayudaron ayudado a lavarme, me prestaron una esterilla y una manta.

Algunos de ellos habían pasado en aquel sótano más de dos años, sin  un tragaluz, sin ver el suelo, ni saber si, fuera, era de día o de noche. La mayor parte habían sido torturados antes de acabar allí. Ahmed me contó sus veintiocho días en las manos de los servicios de inteligencia, como fue golpeado, con cable y bastón, varias veces al día, durante casi un mes, un mártir sin fin…

En esta prisión conocí  a detenidos de todas la nacionalidades; argelinos, saudíes, iraquíes, sudaneses, somalíes, palestinos, sirios claro está, de los cuales un buen número, destinados a ser expulsados del territorio, esperaban y esperan desde hace una eternidad, la eternidad humana del encierro, una orden o una ayuda que les permita salir de este agujero de ratas. La historia más conmovedora es la de Muhammad, de Cachemira, encerrado allí desde hace más de seis meses: para la embajada de la India, es paquistaní, para la de Paquistán, es hindú. Toda su familia ha fallecido, está solo en el mundo. Varias veces al día, se sienta en un rincón y llora en silencio. También está Ali, un Kazakh, detenido, pasaporte perdido: su embajador le ha señalado que no estaba inscrito en los registros de población; desde hace meses, se pudre en la cárcel, sin identidad; no existe.  Abandonado a su suerte, aunque otros refugiados se benefician sin embargo de un pasaporte de Naciones Unidas: corruptos hasta la médula, los funcionarios sirios de la ONU encargados de los refugiados en Damasco tratan únicamente los expedientes de los que pueden pagar el soborno.

Porque todo se paga. Al llegar, el prisionero vacía sus bolsillos y abre su equipaje, si lo tiene. Los guardianes se vuelven locos: abren los ojos fascinados a la vista de los billetes de banco. Confiscan lo que quieren: ropa, zapatos, perfume… Se reparten una parte del dinero, a veces todo. En mi caso cogieron todo lo que me había sido devuelto por los servicios de inteligencia  El que no tiene familia en el exterior, para pagar, no recibe otra cosa que una comida al día, siempre la misma, y no todos los días: pan; cebolla; un cuenco de arroz es lanzado al medio de la celda y los detenidos se pelean por él.

Ni jabón, ni cepillo de dientes, ni ropa limpia.

Sin dinero y privado de teléfono, me encontraba en una situación kafkiana: como expulsado, hace falta, para salir de esta cárcel, que alguien lleve un billete de avión a nombre del detenido, que una brigada lo conduzca de la prisión al aeropuerto, a esperar el vuelo. Nadie sabía que yo estaba en  Bab al-Musalla…

Con la complicidad de mis compañeros de celda, pude hacer llegar un mensaje al exterior, pagando a un guardia. El Ministerio de Asuntos exteriores belga hizo inmediatamente cuanto pudo para hacerme salir de Siria. Fui liberado el 23 de mayo.

La víspera de mi liberación, un joven sirio llegó a Bab al-Musalla. Lo había detenido la policía, se había hecho fabricar un pasaporte falso y se escondía, para evitar el servicio militar. « Me van a obligar a matar a gente inocente  », me dijo. «Pero prefiero matarme antes ». Cuando dejaba la prisión hacia la libertad, él, era entregado a los servicios de inteligencia. Me dio su nombre, y vía su cuenta de Facebook, intento contactarle desde entonces. En vano.

Los seis días de Infierno que he vivido, la noche en la que me torturaron en Homs, y, sobre todo, durante la que vi como torturaban a mis compañeros de infortunio, de manera mucho más violenta de la que yo lo había sido, fueron momentos de sufrimiento físico y psicológico intensos. Sin embargo, no lamento haber sido testigo de todo eso; ahora, debo dar testimonio, en nombre de todos aquellos que he dejado atrás.

Hasta ahora, en relación a Siria, he defendido siempre los principios del sistema westfaliano y los de la soberanía nacional y de la no injerencia. He denunciado las guerreas neocoloniales llevadas a cabo en Afganistán, en Irak o en Libia, motivadas por apetitos económicos y consideraciones geoestratégicas, y donde los fines  « humanitarios » no eran otra cosa que pretextos y burdos barnices.

Pero, cara a todo el horror que he descubierto, con cada uno de estos hombres que he visto como han sido mutilados atrozmente por bárbaros al servicio de una dictadura cuyo atrevimiento y grado de ferocidad yo no imaginaba, me uno a su llamada a una intervención militar en Siria, que pueda derrocar al abominable régimen: aunque el país deba sumirse en una guerra civil, si este difícil paso es necesario, tiene que ser emprendido, para que se ponga fin a cuarenta y dos años de terror en unas proporciones de las que no tenía idea.

Nunca hablaré en nombre de los sirios. Transmito el mensaje que me han confiado los combatientes del ELS, los compañeros de celda torturados a muerte, los amigos de Bab al-Musalla, de modo unánime: Bashar al-Assad tiene sus partidarios, entre los alauitas, los cristianos y otras minorías, entre los sunitas también, que temen el islamismo radical; pero  « la mayoría de la población ya no quiere vivir en este país que no es un país sino un régimen. El ELS está preparado, tiene varias posiciones ocupadas y está presente también en las grandes ciudades, en Damasco y Alepo, invisible, esperando el momento de una insurrección general. Pero ese momento no puede llegar a menos que las democracias occidentales le aporten un apoyo concreto, militar. El ELS no tiene los medios militares para hacer frente al ejército del régimen, un ejército bien equipado, que se impone desde hace más de un año sin haber utilizado aún sus unidades especiales de carros blindados, ni su aviación ni sus helicópteros, un ejército que el régimen ha diseñado para que le permanezca fiel. El ESL no puede vencer al régimen a menos que occidente destruya el material pesado, los tanques y los aviones. Y, si occidente aporta este apoyo, mareas de gente saldrán a las calles, y numerosos militares se unirán a la revolución; pero por el momento saben que el régimen es fuerte y que va camino de ganar; tienen miedo. Nadie viene a ayudarnos. Los países occidentales hablan mucho; miran pero no hacen nada. Porque no tenemos nada. El régimen lo sabe. Por ello no duda en torturar, matar, bombardear. Sabe que nadie hará nada. Que no tiene nada que temer. Estamos solos. » (J., en Bab al-Musala).

Siria no ofrece ningún interés económico que pueda atraer a las potencias occidentales y motivarlas a intervenir en el país. Muy al contrario: en un plano geoestratégico, el gobierno de Bashar al-Assad cuenta el apoyo objetivo de los Estados Unidos, que lleva de cara a él una política de acercamiento desde 2001, de Israel, que se felicita por este vecino que habla fuerte, pero que le garantiza una perfecta seguridad en la frontera del Golan, de la Unión europea, que compraba el 98% del petróleo sirio y mira con intranquilidad la desestabilización de este país, de la China y de Rusia, del cual es el último aliado árabe, con una ventana al Mediterráneo.

Una intervención militar occidental, que forzaría la posición rusa, constituiría ciertamente un caso único de compromiso de potencias en una empresa de la que no sacarían ningún provecho.

Incha’Allah.                   

 

Pierre PICCININ (Politólogo - Historiador - Bruselas)

En Líbano y en Siria (del 12 al 23 de mayo 2012)

 

Traducción: María-Luisa Moreno Martinez

 

 

  Le Monde.fr -  L'Espresso - Le Soir.be - Neue Luzerner Zeitung

 

 

 

 

 

 

carte syrie

 

 

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